Un tiro libre de emoción


Pasa muy pocas veces en la vida. Puede ocurrir en tu época juvenil o cuando ya arrastras el lastre de una incipiente tripa, o barriga a secas, para que engañarnos. Ese momento en que te sitúas frente de la canasta, sólo delante de ella; con el pie derecho ligeramente adelantado sin pisar la línea de personal. Con tus rodillas flexionadas y el antebrazo formando un perfecto ángulo de noventa grados. La pelota entre tus manos, la derecha completamente debajo del cuero, la izquierda de apoyo lateral, y la muñeca doblada a punto de lanzar. Y debajo, tu mirada fija en el aro. Con los ojos como platos, sin pestañear, con la mente completamente en blanco. Sólo ante el objetivo. Justo en ese instante, ves el aro gigante, inmenso, como una paellera. Sabes que es imposible fallar el tiro. No sabes muy bien el porqué, pero ocurre. Parece que has logrado una concentración especial o que te has bebido cinco Red Bull. Te sientes invencible. Pero esa sensación única, pasa muy pocas veces en tu vida.

23 de Marzo de 1979

Corbalán, Prada, Rullán, Walter y Brabender

Corbalán, Prada, Rullán, Walter y Brabender

El reloj a cero. En las manos de Luis María Prada tres tiros libres vitales para lograr el Real Madrid su pase a la gran final de la Copa de Europa. Parece sencillo. Todo el equipo depende de ti. Todo el pabellón pendiente de ti. Todo el país conteniendo la respiración. Lo ha entrenado en miles de ocasiones. En realidad, es sencillo. No era reconocido como un gran jugador, sólo era hombre de equipo, un trabajador de las zonas. Un tipo gris jugando con las grandes estrellas del momento: Brabender, Corbalán, Walter, Carmelo Cabrera… Pero a partir de ahora va a ser diferente, todo va a cambiar. Se va a convertir en el héroe del país, el hombre del año. Será recordado para siempre. Como el esquiador Paquito Fernández Ochoa, como el goleador Rubén Cano. Definitivamente, pasará a la historia del deporte. Y ocurre lo inesperado. Falla una, dos y hasta tres veces. Tres tiros libres que son tres punzadas en el corazón. El silencio es atronador. Un silencio estremecedor que le perseguirá toda su vida. Las crónicas del partido relatan los fríos hechos, la realidad fue mucho peor.

En nuestro camino, sea frente a un reto profesional o personal, o en solitario frente a una canasta, el control de nuestras emociones o cómo las proyectamos a nuestros semejantes, serán la clave de nuestro futuro. Sin duda, al final, luchando uno contra uno se encuentra la esencia propia, la naturaleza del juego y de la vida misma.

Y toda esta historia ocurrió en el año “1979”. Como la canción de Smashing Pumpkins.

Acerca de Alejandro Peña

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