El ritmo de su vida


Dedicado a mi amigo, el ex-jefe de alcaldía.

El teléfono dejó de sonar. Durante muchos años fue una pesadilla, un timbre irritante que le perseguía en todo momento. Por mucho que cambiara su música, terminaba odiando la nueva sintonía. Pero ahora nadie llamaría a horas intempestivas, ni en fines de semana. Ni siquiera para preguntarle como se encontraba. Para sorpresa de todos, abandonó su puesto de Jefe de Alcaldía en el Ayuntamiento, posición estrella del consistorio, pues manejaba a su antojo los intereses de su municipio. Ahora nadie le consultaba. Nadie le llamaba. Se sonreía pensand0 en los que pedían favores constantemente y pensaban en él como un mago con una chistera que todo lo solucionaba. Tampoco tenía noticias de los que le perseguían para solucionar un problema profesional (darles una subvención), o personal (buscar colegio a sus hijos). Pero los que habían desaparecido del mapa, e incluso cruzaban de acera al verle de lejos, eran los que querían un puesto en el Ayuntamiento, y, sobre todo, los que querían el suyo. Y luego estaban los otros. Los que querían simplemente chupar del bote y lucrarse de su posición de dominio. Su único momento libre con la mente en blanco era durante la pachanga semanal de baloncesto. Allí nadie le interrumpía. Nadie le pedía favores. Hora y media sudando con Amigos concentrados en la victoria y en pasar un buen rato. Nada más. Una lucha sin cuartel entre treintañeros con barriga, alguna más cervecera que otra. El premio, unas cañas pagadas al final por el equipo perdedor. Únicamente ese momento se acercaba a lo que deseaba ser, sentirse como uno más.

Luego llegó lo otro. La ruptura con su esposa y posterior relación con una preciosa bailarima cubana no estaba bien vista. Era curiosa la reacción de las personas cuando la presentaba. Unos le miraban de forma reprobadora, y otros, lanzaban miradas llenas de insinuaciones. Poco le importaba, pero delataba que había iniciado un camino sin retorno hacia un nuevo orden en su vida. Por fin tenía tiempo dedicado a si mismo, a observar la realidad desde una posición diferente, desde la lejanía y la relajación. Así encontraría su equilibrio perdido y contaría sus Amigos con los dedos de una mano; conocidos de confianza, con los dedos de las dos. Algo le decía que estaba encontrando el ritmo de su vida.

Acerca de Alejandro Peña

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